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05 junio 2009

ORIGEN DE LOS SIGNOS HERALDICOS

Por regla general, se suele atribuir la difusión de la heráldica a unas fechas que se fijan en el siglo XII y comienzos del XIII con ocasión de las Cruzadas. ¿Quiere esto decir que con anterioridad la heráldica era materia poco menos que desconocida y, por supuesto, no utilizada? No es esa nuestra opinión, ni tampoco la de numerosos y acreditados heraldistas.

A este respecto, consideramos muy interesante reproducir parte de la introducción que, el prestigioso autor, don Prancisco Piferrer, efectúa en su "Diccionario de la Ciencia Heráldica", y que dice: "No sin motivo se lee que "Dios creó el mundo a las contínuas y perpetuas discusiones de los hombres"; de otro modo no sería fácil comprender como han podido surgir tantas cuestiones, tantas y tan diversas opiniones sobre las insignias, armerías y blasones, fijando unos su origen en Adán, otros en Noé, otros en el pueblo de Israel, otros en los Faraones de Egipto, otros en la Guerra de Troya: y así, estrechando las distancias de tiempo y disputándoles, siglo por siglo, su antigüedad, han atribuído algunos su invención a los griegos, otros a los romanos, otros a los alemanes, con motivo de sus justas y torneos, que comenzaron a principios del siglo VIII, otros a los franceses con motivo de los suyos, que empezaron a comienzos del siglo IX, y algunos sostienen que las insignias y armerías nacieron a fines del siglo X con ocasión de las primeras Cruzadas.

Tanta diversidad de dictámenes y opiniones en una cuestión que tan clara nos parece, ha de tener forzosamente por causa, como sucede en la mayor parte de las cuestiones, alguna confusión introducida en las ideas o en las palabras con que se manifiestan. En efecto, basta examinar de paso las razones que cada uno aduce en apoyo de su tesis, para convencerse de que todos toman por origen de las insignias y blasones algunos de los grados por los cuales han pasado en su marcha regular y progresiva de desarrollo y perfección. Procurando pues, evitar toda confusión y ambigüedad en los términos, decimos que, consideradas las armerías, en su sentido general, extenso y genuíno de signo y emblemas para denotar ciertas diferencias o distinciones sociales o individuales empezaron como queda ya expresado, tan luego como hubo hombres en sociedad. Y aún consideradas en el estilo particular de nuestros escudos de armas o blasones, existieron ya con diferencias puramente accidentales entre los griegos, los romanos y otros muchos pueblos".

Expresa Piferrer además, su absoluto convencimiento, que afirma puede demostrarse con sólidos y copiosos datos, que los blasones o símbolos heráldicos son tan antiguos como el género humano. Expresa después su extrañeza de que muchos autores pasen por alto las pruebas que alega, concediendo, al origen del blasón, un tiempo casi moderno, dado que nadie ignora que tuvieron símbolos heráldicos muchos de los primeros pueblos y más antiguas ciudades del orbe y opina que de ahí la causa de muchas de las discusiones, que proceden de la confusión de ideas que dan pie a muchos criterios erróneos, que se admiten como verdaderos cuando, en realidad, son falsos lo que produce inexactas consecuencias. Tiene razón el acreditado autor: los signos heráldicos vienen de tiempos muy remotos y ahí están los distintivos de las doce tribus de Israel, cada una de las cuales poseía su propia distinción heráldica. O sea, que, nos vamos a una antigüedad de más de cuatro mil años. Y ¿qué se puede decir de la estrella de diez puntas representativa de los diez primeros discípulos de Cristo? Existen una serie muy grande de símbolos de aquel tiempo, algunos de los cuales han sido reproducidos en esta obra.

¿Alguien sería capaz de negar la autenticidad al sello del emperador romano Constantino I? Y aún avanzando más en el tiempo, en el siglo VIII ya existía el signo monástico representativo de "en el nombre de Dios", o los de la Virgen María, del mismo siglo.

Siguiendo con Piferrer, es sumamente interesante su opinión respecto a aquellos que colocan el origen del blasón en las primeras Cruzadas, considerándolos poco menos que organizados y regularizados casi como en nuestros días. Se dice que las armerías nacieron con motivo de las repetidas hazañas y proezas de los cruzados, que recibieron los blasones como premio a las mismas, y así fue como la ciencia heráldica llegó a su estado de perfección.

Pero esto no quiere decir que no existiera con anterioridad. Volviendo al pueblo de Israel es harto conocido que tuvieron como símbolo el "Arca de la Alianza" y por divisa el sagrado nombre de "Javeh" (o Jehová, según su transcripción cristiana).

¿Olvidaremos que los antiguos egipcios tuvieron ya sus propios signos heráldicos? ¿O que para designar al Estado lo hacían por medio del dibujo de un cocodrilo? ¿O que su religiosidad poseía el signo de un buey, "Apis"? Y que para referirse a su dios Horus, no pintaban la cabeza de un halcón.



La simbología, que es la base de la heráldica, aparece en tiempos remotísimos y ello es patente en este bajo relieve de un sarcófago, del Museo de Valencia, en donde figura el simbolo o marca de Constantino, así como la cruz, palomas y corderos, todo ello perteneciente a la simbología cristiana de los primeros tiempos.

Para Piferrer afirmar que los egipcios adoraban al cocodrilo, al buey o al halcón, resulta equivocado. Los tenían como blasones y en prueba de aprecio y respeto los dedicaban a su dioses tutelares. Lo contrario, añade el citado autor, sería tanto como decir que los ingleses adoran al leopardo, los franceses al águila, los españoles al león y los madrileños al oso y el madroño, etc. etc.

Incluye una serie de pueblos que tuvieron sus símbolos heráldicos en diversos animales o plantas.

La palmera fue el emblema de los fenicios. La paloma esplayada en campo de oro, el de los asirios. Por su parte, los atenienses ostentaban la esfinge de Minerva, acompañada de un búho y un olivo. Los cartagineses tenían como símbolo la cabeza de un caballo. El dragón fue el emblema de los dacios. En cuanto a los romanos, la loba que amamantó a Rómulo y Remo. Los godos, al oso. Los antiguos galos, a la alondra. Y los chinos, a los que en justicia se considera como uno de los pueblos más antiguos de la tierra, tuvieron como blasón, y aún lo tienen, el dragón de oro en campo de gules y sinople.

En lo que respecta a las ciudades, Rodas un delfín, Antioquía, una matrona torreada, de pie, con un caballo a su lado. Argos, la ciudad griega del Peloponeso, un toro. Tiro, una nave. Corinto, un caballo con alas, el célebre "Pegaso". Siracusa, un carro tirado por cuatro caballos, y la victoria coronando al conductor. Sicilia, dos hachas.

Si tuviéramos que bucear en la historia de todas las ciudades encontraríamos que cada una tenía su propio signo que la identificaba.

Casi siempre este signo se elegía por su semejanza al nombre de la población, pero lo que no cabe duda es que esta heráldica municipal existe desde hace muchísimo tiempo.

Podríamos llenar mucho, muchísimo espacio, refiriéndonos a este tema, pero creemos que basta con los ejemplos citados.

Los blasones nacieron con el género humano y desde siempre tanto individuos como poblaciones han deseado tener su propio signo que las diferencie de las demás.

Ya Caín, el fratricida, llevó la marca heráldica en la frente, impuesta por Dios para que todos pudieran reconocerlo.


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ORIGEN DE LAS REGLAS HERALDICAS

Como en todo, existen unas Reglas Heráldicas, que son inmutables, sobre la ciencia del Blasón. No se trata de imposiciones a cada caso particular sino que son inherentes a toda la Heráldica en general. Las Armerías no pueden crearse al capricho de cada uno, sino que siempre obedecen a ciertas normas que afectan a todas ellas.

Muy cierto, y lo veremos más adelante que, en ocasiones, estas reglas han sido y son, quebrantadas con el único resultado de producir el confusionismo en todos aquellos que no se encuentran impuestos en las citadas Reglas.

Estas normas son:

Ley Primera: En el arte heráldico, la primera Ley se basa en que jamás debe ponerse en los escudos metal sobre metal, ni color sobre color.

No es tolerado que, por ejemplo, sobre campo de oro del escudo, se ponga una figura, la que sea, también de oro. Ni tampoco si este campo es de gules, y seguimos con ejemplos, se coloque en él una figura asimismo de gules. Las armas que contravienen estas Reglas son consideradas falsas.

Esta Regla la explican los tratadistas al indicar que tienen por precedente los torneos en las que los caballeros participantes utilizaban ligeras vestiduras de color sobre las armaduras de metal. No parecía propio que un caballero usase una coraza plateada o dórada colocando encima de ella unas vestiduras de ese mismo color.

Don Alejandro de Armengol mantiene un parecer distinto en su obra "Heráldica". Dice así "A nuestro parecer, el verdadero origen de esta norma está en el sentido profundamente artístico de los primitivos Heraldos y Reyes de Armas, tradicionalmente observado por sus sucesores, para lograr, por el contraste de metales y colores, un efecto de conjunto plenamente armónico. La brillantez de color, el realce de las figuras, sólo se debe a esta norma, tan sencilla, de que el "campo", el fondo, presenta la riqueza de la plata o el oro, si las piezas son de los bellos colores del Blasón, o viceversa."

Tiene toda la razón: para comprobar, hasta que punto está en lo cierto este conocido tratadista, basta (y él también lo señala acertadamente) el tono apagado, mortecino, sin brillantez de alguna de las armerías en las que, ocasionalmente, se quebranta esta Ley.

He aquí una excepción que rompe la Regla: Las Armerías de "enquerre" (se llaman así aquellas que contradicen la regla heráldica de no colocar jamás color sobre color o metal sobre metal) cuya apariencia es mortecina, jamás pueden tener la luminosidad de las que guardan escrupulosamente esta primera Regla heráldica. Conste que existieron casos de fragante alteración de la norma: Por ejemplo, las armas del conocido cruzado, conquistador de Jerusalén, Godofredo de Bouillón pertenecen a la clase de "enquerre" ya que llevaban plata y una cruz potenzada de oro, cantonada de cuatro crucetas de lo mismo.

En la Heráldica Municipal se encuentran también algunos casos que contradicen la Primera Ley heráldica: Hay ciudades francesas que presentan al jefe del mismo color que el campo del escudo, parece ser que tal anomalía se hizo por concesión de los Reyes, pero para salvarla hubo que llamar "cosido" a este jefe.

Tenemos después un aspecto que produce cierta confusión: Se trata del color púrpura (violado) considerado por lo general como color, pero es que también puede tomarse como metal y siendo así viene a resultar que no existe infracción de la regla el que se use indistintamente sobre una u otra clase de esmalte.

Conviene advertir que entre las excepciones a la Regla, hay aquella que se refiere a las figuras humanas de color llamado "de carnación" o en las de los animales "al natural" o de su propio color. Para estos dos casos, no es aplicable la Regla.

Puede considerarse también excluido de la norma, aquellos casos de las brisuras en las que se observa metal sobre metal o color sobre color. No es una grave infracción.

Finalmente, y como la última de las excepciones tolerables tenemos que no se pone reparo ni osbtáculo alguno en pequeños detalles, tales como uñas, picos, o garras de animales, ni en las coronas, collares u otros adornos. En estos casos no importa la colocación de metal sobre metal o color sobre color.

Ley Segunda: Se trata de que las figuras propias de las Armerías deben estar siempre colocadas en el lugar que les corresponde, de ningún modo, puestas en lo que podríamos denominar "sin orden ni concierto".

Claro que siempre hay excepciones: Indudablemente se exceptuan los casos en que no es posible blasonar de otro modo: Por ejemplo, las bandas, fajas o barras cuando se ponen dos o tres (a veces más). Naturalmente os obvio que no pueden ocupar todas ellas el lugar correspondiente a la banda, barra o faja, cuando es única en el escudo.

Ley Tercera: Existen muchos escudos en los que aparecen las figuras naturales, artificiales o quiméricas. Cuando hay varias pueden colocarse una sobre otra, pero cuando se trata solo de una, lo correcto es colocarla en el centro del escudo, sea cualquiera su tamaño, aunque llenen todo el campo, eso sí, sin que jamás toquen los extremos. De esta regla quedan exceptuadas las figuras movientes.

Ley Cuarta: Esta Ley se refiere a lo siguiente; en los casos de las figuras que no son piezas honorables y éxisten en el escudo en número de tres, se ponen dos en jefe y una en punta. No hay necesidad de especificarlo.

Cuanto hemos expuesto anteriormente se basa en nuestro profundo convencimiento de que el conocimiento de la Heráldica en España se encuentra poco difundido. Los libros existentes sobre la materia son pocos y, por lo general, caros y no se hallan al alcance de todas las economías. Bien es cierto que muchas personas sí que tienen dichos conocimientos e ideas bastante acertadas sobre el tema, pero, por lo general, existe un gran desconocimiento de la materia y eso hace que, incluso en aquellos que conocen algo de la ciencia heráldica, se tengan por admitidos ciertos errores que conviene dejar bien aclarados.

En otros capítulo ya hemos hablado de la Heráldica como eficaz auxiliar de la Historia. No insisteremos sobre ello. Pero lo que debemos dejar bien claro es que un mayor conocimiento de la Heráldica no se basa en halagar la vanidad de algunas familias con ilustres apellidos, sino dar a conocer a cada uno de donde viene el suyo y, simultáneamente, ir dando a conocer a través de la Genealogía muchos aspectos interesantes de la historia del país en el que hemos nacido.

Los blasones, o escudos, tienen su origen en tiempos muy remotos de la antigüedad. Ya se encuentran, en forma de símbolos, en monumentos asirios, egipcios e incluso de otros pueblos que los precedieron. Esquilo cita el caso de los siete jefes que combatieron mandando el poderoso ejército de Adrasto, contra la ciudad de Tebas.

Cada uno de estos jefes llevaba sus respectivas divisas pintadas en sus escudos, para diferenciarse así unos de otros.

De este modo, el primer jefe, Tideo, que al frente de sus tropas era el designado para atacar la puerta principal de la ciudad tebana, llevaba en su escudo pintado un cielo cuajado de estrellas que rodeaban a la Luna. El segundo jefe, Capaneo, que debía atacar otra de las puertas, representaba en su escudo un hombre desnudo con una antorcha en la mano y la divisa "Yo abrasaré la ciudad". Y así, sucesivamente, se van describiendo los emblemas que ostentaban en sus escudos los restantes jefes del ejército.

Posiblemente, fueron los asirios los primeros en utilizar divisas en sus escudos. Se sabe que las armas de los Reyes de Siria consistían en una paloma de plata. En lo que se refiere a los cartagineses, ostentaban la cabeza de un caballo. Aníbal, la llevaba pintada en su escudo de guerra. En lo que se refiere a los romanos, ya se sabe que su figura heráldica era la loba, suplantada después por un cuervo y, finalmente, por un águila.

Ahora bien: las Armerías como tales, con ya algunas reglas que reglamentaban su uso, tienen su origen en la Edad Media, y fueron los apellidos los que coadyuvaron a la aparición de los escudos, al ser considerados como aportación jeroglífica.

Los emblemas personales se hicieron hereditarios. El más antiguo monumento que se conoce en Europa en el que aparecen figuras en Armerías, es el de Raúl de Beaumont, (1.087). De esta época son también los Blasones de los Plantagenet y los Anjou.

En lo que se refiere a España, si hacemos caso y damos crédito a una autoridad tan acreditada en Ciencia Heráldica como don Fernando de Sagarra, tendremos que admitir que en nuestro país no se conocen sellos anteriores al siglo XII. Los primeros son los que se encuentran en Ramón Berenguer IV, de Barcelona, de Alfonso II de Aragón y de Alfonso VII de Castilla, todos correspondientes al siglo XII.

De todo lo expuesto, se deduce que, el uso generalizado de las Armerías que ostentaron los Reyes y las grandes familias no se llevó a cabo hasta fines del siglo XII.



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ORIGEN DE LOS HERALDOS Y HERALDICA

Heráldica viene de Heraldo. Ahora bien, para conocer la primera forzoso será saber qué eran y qué significaban los segundos.

Se trataba de unos caballeros, siempre de la nobleza más acreditada, encargados de dictar las leyes a las que debían ajustarse los torneos o justas, así como del examen de de los méritos de aquellos que deseaban participar en los que hoy en día se denominarían "Juegos" entre caballeros.

Los heraldos eran jueces que ordenaban los torneos con la potestad, por mandato real, de dictaminar sobre todo aquello que se refiriera al torneo, siendo sus decisiones inapelables.

Entre sus obligaciones estaba la de examinar concienzudamente los títulos de nobleza correspondientes a los caballeros, investigando sobre sus armas y el derecho que poseían a llevar en sus escudos determinados motivos heráldicos.

Se daba el caso de que los emblemas propios de una familia noble por lo general se elegían de un modo arbitrario, al gusto y capricho del que deseaba usarlos. Siendo hereditarios, pronto se vio la necesidad de registrarlos y de establecer unas normas para el uso del blasón. Los escudos de los guerreros, por el contrario de los familiares, siempre se basaban en algún hecho de armas intentando fijar el recuerdo de la hazaña llevada a efecto y que a través de los descendientes, inmortalizara la acción.

La utilización del blasón, las reglas a que debían ajustarse los caballeros y la organización de los torneos y justas fue el cometido otorgado a los heraldos. Los torneos o justas consistían en unos ejercicios caballerescos mediante el combate entre dos caballeros y en el que ambos contendientes ejercitaban su destreza en las armas. Por lo general, este tipo de competiciones era organizado con ocasión de alguna fiesta solemne, como por ejemplo, la coronación de un rey y se basaba en el entrenamiento de los competidores en ejercicios guerreros. Los caballeros combatían a caballo en palenques con cercados de madera y separados por una valla para que las cabalgaduras no pudieran chocar. El arma consistía en lanza preparada convenientemente para que no pudiera herir al adversario, ya que de lo que se trataba era de propinarle un golpe lo suficientemente fuerte para derribarle del caballo. El que caía se declaraba vencido sin que por eso su honor sufriera menoscabo alguno.

Pero bien es verdad que por muchas precauciones que se tomaran, siempre se producían incidentes, alguno mortal, como el sucedido al rey de Francia Enrique II.

Durante un torneo celebrado en honor de la llegada de la que más tarde sería reina de Escocia, María Estuardo, que iba a contraer matrimonio con el delfín de Francia, el rey Enrique quiso participar en el torneo enfrentándose al jefe de la guardia escocesa de la futura reina, el conde de Montgomery, con tan mala suerte que la lanza de éste, a pesar de carecer de punta de acero, fue a penetrar por una de las rendijas del casco del monarca y la madera atravesó un ojo del rey, lo que provocó no sólo su caída del caballo, sino su muerte. Por cierto, este desgraciado suceso ya había sido predicho por el célebre astrólogo Michael de Notre Dame, más vulgarmente conocido como Nostradamus.

Los emblemas de los caballeros que participaban en los torneos no sólo se ostentaban en sus escudos. Cada uno tenía su propia tienda de campaña donde se colocaban sus armaduras. En la puerta de esta tienda se clavaba una lanza en cuyo extremo ondeaba un guión o banderín con las armas de su propietario. También en las gualdrapas de los caballos se hacían ostentar los blasones del jinete.

Todos estos detalles, así como las ceremonias previas al torneo, la proclamación de los caballeros que iban a competir, las reglas a que debian ajustarse y cuanto se relacionaba con la justa, eran misiones exclusivas de los heraldos.

Por regla general, en una época tan caballeresca como la Edad Media, los caballeros que tomaban parte en los torneos lo hacían bajo el apadrinamiento de una dama a la que le dedicaban sus triunfos, caso de producirse.

Los torneos podían celebrarse, y de hecho así se hacía, en época de guerra, entre caballeros pertenecientes a los dos bandos en lucha. Cuando esto sucedía, quedaban paralizadas las operaciones bélicas, eligiéndose, de mutuo acuerdo, un heraldo encargado de dictar las reglas del torneo. Esto ocurrió, por citar un solo ejemplo, durante las Cruzadas cuando los soldados cristianos pusieron cerco a la fortaleza de San Juan de Acre. Cinco caballeros cruzados se enfrentaron a otros tantos sarracenos, ante los muros de la población. Pero cuando se daba este caso, el final era distinto al de los torneos de ceremonia, ya que se utilizaban armas de combate y la lucha era a muerte.

En lo que respecta a los escudos, es conveniente decir que la Heráldica que estudia las armas, o armerías, estas no se tratan de elementos de guerra para atacar o defenderse de un posible enemigo, sino que se refiere a la insignia o blasón con el que quiere identificarse el caballero, siendo por tanto, un emblema honorífico.

Los torneos, las justas y en general cuanto se refiere a la Heráldica alcanzaron su apogeo en la época de las Cruzadas. En aquel tiempo de exaltación religiosa unido al sentimiento guerrero en la esperanza de rescatar Tierra Santa del infiel, época de arte grandioso y en ocasiones desbordante en que la nobleza y las Ordenes de Caballería estaban en su apogeo, despertó la necesidad del blasón a fin de que los caballeros se distinguieran unos de otros y fuera, al mismo tiempo, exponente de sus hazañas, así como historia, tradición y memoria de los hechos heróicos llevados a cabo en el campo de batalla y así ha quedo expuesto por G. Eysembach, en su "Historia del Blasón". Dice: "El blasón, lenguaje misterioso, lengua ingeniosa y sorprendente, de uso universal para la nobleza de la cristiandad, establecía entre todos los gentileshombres una confraternidad heróica, era la piedra fundamental del edificio feudal, la cementa y la llave de la bóveda -como dice un autor antiguo- de la jerarquía aristocrática".

El blasón fue sinónimo de valor, lealtad y arrojo. Una mala acción pudiera enturbiar su limpia ejecutoria: era lo peor que podía sucederle a un caballero.

Todo esto era lo que debía examinar, enjuiciar y finalmente, dictaminar el heraldo. Quien no reuniera las condiciones precisas, no podía participar en un torneo.

El blasón representaba no sólo una realidad, un signo de jerarquía, también era el exponente de un oficio. Considerar su uso como un privilegio exclusivo de la nobleza constituye un error.

Naturalmente que los artesanos, los pertencientes a los gremios no celebraban torneos, pero esto no impedía que tuvieran sus propios escudos inherentes a los oficios que practicaban y así no pocas veces estos blasones fueron esculpidos en piedra.

La Heráldica en sus múltiples manifestaciones, está ligada íntimamente con la historia. Muchas veces para estudiar ésta se hace indispensable conocer la primera porque a través de ella se adquieren no pocos conocimientos del tiempo pasado. La Heráldica se encuentra absolutamente unida a la genealogía nobiliaria investigando el escudo de armas de las familias nobles, unos escudos que en este caso se denominan Nobiliarios.

Una nobleza a la que se alcanza, casi siempre en los campos de combate y que fue pagada con la sangre de aquel que obtuvo el derecho a ostentar un blasón.

04 junio 2009

HERALDICA - GLOSARIO

La Heráldica precisa de una serie de designaciones en el orden histórico-nobiliario. El profano en la materia puede verse ante la dificultad de encontrar palabras cuyo significado le resulta desconocido, por tanto, para facilitar su labor de comprensión de dichos temas, hemos creído absolutamente necesario incluir un glosario en el que encuentre la solución a cuantas dudas pudieran presentársele en este sentido.

Nos referiremos, como ejemplo a la designación de "Hidalgo". Normalmente se sabe que esta palabra quiere designar a determinados individuos de cierta clase especial. Pero es el caso que, entre los hidalgos los había de muy distinta naturaleza.

La generalización de la palabra "Hidalgo" se puede entender como: una persona perteneciente a cierto estamento social que gozaba de determinados privilegios. Pero, entre los hidalgos se podían establecer las siguientes clases:

Hidalgo de Gotera: Todo aquel que disfrutaba de la hidalguía en determinado lugar, pero si salía de él, la perdía.

Hidalgo de Armas Pintar y Pober: Era el hidalgo de sangre que tenía sus armas labradas en piedra en su casa Solar y cuya posesión era notoria e inmernorial. Conviene aclarar que se entendía por casa Solar a una Casa antigua donde residía una familia noble.

Hidalgo de Cuatro Costados: Se refiere al que poseía nobleza de sangre por sus cuatro abuelos.

Hidalgo de Bragueta: El que gozaba del privilegio de la hidalguía por haber tenido seis hijos varones.

Hidalgo de Inmemorial: Los que ya eran considerados como hidalgos en los lugares que moraban, tanto ellos como sus ascendientes, antes de aparecer las primeras disposiciones que regulaban la institución de este estado.

Hidalgo de Devengar 500 Sueldos: Esto se refería al hidalgo que recibía dicha cantidad en compensación de agravios recibidos o por los servicios prestados al rey.

Hidalgo Notorio: Se le consideraba tal al que se le reconocía tal estado por su notoriedad, aunque no presentara pruebas de ello.

Hidalgo a Fuero de Castilla: Quien probaba ser noble por parte de abuelo, al menos con veinte años de anterioridad.

Hidalgo de Solar Conocido: Todo aquel que podía probar que procedía de un Solar conocido donde sus ascendientes ya gozaban de la calidad de hidalgos.

Hidalgo Pobre de Solemnidad: Era el hidalgo que carecía absolutamente de bienes, pero que conservaba su calidad de tal.

Aparte de los hidalgos, existían otras personas ostentando cargos relacionados con el orden nobiliario:

Hijosdalgo: Primitivamente conocidos como "Hijos de Algo". ¿Qué quería esto decir? Simplemente, que eran hijos de hidalgos.

Lo anterior ha sido puesto como ejemplo y ya se tratará más adelante este tema con mayor profundidad. Pero existen otros conceptos relacionados con el tema que estimamos muy interesante destacar.

Ad Perpetuam Rei Memoriam: Se trataba de la pertinente información que se hacía ante la Sala de los Hijosdalgo de las Reales Chancillerías sobre la nobleza de sangre de una persona. Estas probanzas generalmente se hacían ante un notario.

Albala: Carta real por la que se concedía alguna merced.

Cabo de Armería: Casa solariega de un linaje.

En lo que se refiere al grado militar de capitán, véase todos los que existían:

Capitán de Armas: Sargento nombrado en cada companía para reconocer el estado del armamento.

Capitán de Banderas: En la Armada, quien mandaba y gobernaba el navío donde iba el general.

Capitán de Corazas: El que, en los siglos XVI y XVII, mandaba la compañía de soldados cubiertos de tales defensas.

Capitán de Guardias de Corps: El que mandaba, con inmediata subordinación al rey una compañía de Guardias de Corps.

Capitán de Lanzas: El que en los siqlos XV y XVI mandaba una compañía de soldados armados de lanzas.

Catastro: Se trata de la contribución real que pagaban nobles y plebeyos que se imponía sobre todas las rentas fijas y posesiones que producían heneficios anuales.

Cruzado: Era el caballero que por haber ingresado en una Orden Militar ostentaba la cruz de la misma. Se denominó también así a aquellos que participaron en las Cruzadas destinadas a liberar los Santos Lugares del poder de los mahometanos.

Chapín de la Reina: Se exigía, este tributo, en Castilla al "estado llano", es decir, al pueblo, para atender a los gastos de las bodas reales.

Doncel: El joven de la nobleza que todavía no había sido armado caballero.

Feudo: Consistía en un contrato por el cual un señor feudal daba a alguien unas tierras en usufructo, pero a cambio exigía obediencia y vasallaje y le obligaba a prestarle el servicio militar en cuantas operaciones guerreras emprendía el noble y en todo aquello que preciasara del feudatario.

Fuero de los Hijosdalgo: Fue aquel que se determinó en Nájera en el año 1.138 destinado a establecer las prerrogativas de la soberanía, declarándose los mutuos derechos entre la realeza y el abolengo y señorío de behetría, divisa y solariego, y los de los señores con sus vasallos, con lo que se pretendió corregir abusos y poderes de la nobleza.

Gabela: Parece raro que el Estado haga pagar a sus ciudadanos un tributo sin especificar en que consiste el mismo. Pues bien, lo hubo y así se llamó.

Gentilhombre: Era la persona que acompaña a los reyes o los grandes señores formando parte de su séquito. Pero también existían ciertas distinciones y así el llamado Gentilhombre de Boca, era quien se encargaba de servir la mesa del soberano.

Granadero: Soldado elegido para arrojar granadas de mano. Pero era condición indispensable tener una altura muy elevada, de lo contrario, no era admitido en el Cuerpo.

Infanzones: Eran nobles que tenían bienes y vasallos.

Insaculación: En lo que se refería a la elección de jueces, hubo un tiempo en que tal designación se dejó a la suerte, y fue así como se llamó al sistema que estuvo en uso en algunas provincias de España y que consistía en poner en una urna los nombres de las personas aptas para este cargo y luego se extraía uno ante notario.

Lanzas: Volvemos a los tributos: Había uno denominado así que consistía en que los nobles, grandes títulos del reino pagaban al soberano en lugar de proporcionarle los soldados que debían asistirle en campaña.

Mayorazgo: Era cierto derecho civil que tenía por objeto perpetuar en la familia la propiedad de los bienes. Se denominaba así también al hijo mayor que gozaba del Mayorazgo.

Moneda Forera: Era aquel tributo que se pagaba al rey de siete en siete años en reconocimiento a su señorío real.

Privilegio Rodado: Era el que se concedía formando una rueda en cuyo centro iba el signo y el sello real y en rededor las firmas de los altos dignatarios del Soberano y luego la de los prelados y ricoshombres.

Relatores: Se entiende que fueron aquellos letrados que hicieron de oficio relación de autos de fe y expedientes en los tribunales superiores. Este cargo tuvo suma importancia en el Santo Oficio. (Inquisición)

Suniller: Era un alto empleado de Palacio que tenía a su cargo la Real Cámara.


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HERALDICA Esmaltes y Colores

Heráldicamente hablando los esmaltes son la pintura que se empleó en los escudos de combate, bien para decorarlos, ya para evitar que sufrieran los efectos de la oxidación las piezas metálicas que entraban en su composición.

Esta palabra "esmalte" de acuerdo a la opinión de los escritores antiguos proviene de la hebrea "hasmal", a la que los latinos tradujeron como "smaltun". Se cuenta que fue un rey, Porsena, Soberano de la Toscana, quien usó vajillas en cuya fabricación entraba el esmalte y de ahí el nombre de "porcelanas", a tales vasijas. Pero, en realidad y ciñéndonos a los antecedentes históricos, parece demostrado que fue un platero francés, Jean Toutin, quien descubrió los esmaltes tal y como han llegado hasta nosotros. Ciñéndonos a la terminología heráldica, esta palabra, esmalte, comprende los colores, los metales y los forros. Comencemos por lo primero, los colores. Hay quien sostiene la opinión de que derivan de ciertos vestidos que, según el día de la semana, se usaban por turno, entre los griegos. Pero parece mucho más verosímil que la verdad se base en el color de los vestidos que los caballeros usaban en los torneos o, quizás, de los dibujos que se pintaban en sus escudos. Otro tanto puede decirse de los metales.

En Heráldica existen cinco colores: el rojo, al que se denomina "gules", el azul "azur", el negro "sable", el verde "sinople" y el morado "púrpura". Este último mantiene el privilegio de participar de la naturaleza de los colores y los metales, que son dos, el oro y la plata. Al primero se le representa en color amarillo y al segundo, blanco.

En la Heráldica inglesa, existen tres colores más: Leonado, anaranjado y sanguíneo.

Para el profano en la materia, ante lo anterior, de inmediato se le ocurre una pregunta, tan simple como sencilla: ¿Y por qué esos términos de gules, azur, sinople, sable y púrpura, en lugar de denominarlos en su origen natural?. La contestación se basa en el deseo de los propios heraldos o Reyes de Armas de diferenciar los colores que daba el vulgo a la Heráldica ya que, según se criterio esta era (y es) "una ciencia que por su nobleza sólo debía ser, manejada por quien conociera los quilates del honor y que no fuese común a lo normalmemte utilizado para calificar el color de cualquier adminículo". Pero como en los blasones a veces se da el cuerpo humano, o parte del mismo, existe otro esmalte, el llamado "encarnación" que se utiliza para aquel menester, se llama "natural", a los colores de animales, frutos o sombras.

Para la representación de los esmaltes era indudable que la forma ideal consistía en la pintura. Era casi imprescindible recurrir a la pintura para la reprodución en los libros de los escudos de armas. Porque si se recurría al grabado, evidentemente que sí se podían reproducir ornamentos y figuras que componían el escudo pero no, sus colores. El problema fue resuelto por un jesuita italiano, el padre Silvestre Petra, en un invento que lo solucionó y que marcaba, un procreso evidente no sólo en la Heráldica sino también en las Artes Gráficas. El rojo o "gules" se representa por líneas puestas en "palo", o sea, perpendiculares. El azul o "azur" se expresa por líneas en faja, o sea horizontales que van de lado a lado del escudo. El verde o "sinople" por medio de líneas en banda o diagonales de derecha a izquierda. El negro o "sable" por líneas perpendiculares en palo, y, horizontales en faja. El violado o "púrpura" por líneas puestas en barra o diagonales de izquierda a derecha. En cuanto a los metales, el oro se manifiesta por puntos esparcidos con toda regularidad por el campo del escudo. La plata se expresa dejando el campo completante limpio y sin ninguna señal.

La Heráldica es la ciencia de los símbolos. Y es por eso por lo que se entiende perfectamente la reacción de los colores del blasón, con los elemcntos de la naturaleza, con las piedras preciosas, con los meses del año y con los signos del Zodiaco. Es por ello muy interesante para mostrar el punto de partida de la "Ciencia del Blasón", en su desarrollo histórico, citar las relaciones emblemáticas de los esmaltes. Veamos la relación de los esmaltes con las piedras preciosas: El oro simboliza el topacio. En las armerías de los reyes se le llama "sol", en las de los nobles con título de Duque, Marqués, Conde, etc, "topacio" y en el de la nobleza en general "oro". En su relación con los astros el oro es el Sol; de los doce signos del Zodiaco, Leo; de los elementos, el fuego; de los días de la semana, el domingo; de los meses del año, julio; de los árboles, el ciprés y de las flores, el girasol; de las aves, el gallo; de los cuadrúpedos, el león y de los peces, el delfín. Por las Leyes de la Heráldica, cuantos lleven este metal en sus escudos están obligados a hacer el bien a los pobres y a defender a sus príncipes, péleando por ellos hasta su última gota de sangre.

La plata significa en su correspondencia con las piedras preciosas la perla. De los astros, la Luna; de los signos del Zodiaco, Cáncer, y de los elementos, el agua; de los días de la semana, el lunes; de los meses del año, los de enero y febrero; de los árboles, la palmera; de las flores, la azucena; de las aves, la paloma; y de los animales, el armiño. La plata en las armerías recibe el nombre de Luna, en lo que se refiere a las de los soberanos; en las de los títulos, perla, y en las de los restantes nobles, plata; significa blancura, pureza, y los que la llevan en sus armas están obligados a defender a las doncellas y amparar a los huérfanos.

El color rojo, denominado en Heráldica, gules, representa al rubí. Y en lo que se refiere a los signos del Zodiaco corresponde a Marte, Aries y Escorpio; como elemento, el fuego; el día, el martes y el mes, el de octubre; el metal, el cobre; árbol, el cedro y la flor, el clavel; de las aves, corresponde al pelícano. El gules en las armerías de los reyes y príncipes se llama Marte; en las de los títulos, rubí, y gules en la generalidad de la nobleza. En cuanto a sus cualidades se traducen, por valor, intrepidez y valentía. Aquellos que llevan este color en sus blasones tienen la obligación de socorrer, amparar y defender, a los injustamente oprimidos.

El azul (azur) es el zafiro y los signos del Zodiaco a que se encuentra sujeto son Venus, Tauro y Libra. Su elemento es el aire; su metal, el acero; el día de la semana, el viernes; los meses, abril y septiembre; su árbol, el álamo; la flor, la violeta; su animal, el camaleón y su ave, el pavo real. El azur se llama Júpiter en las armerías reales, zafiro en las de los títulos y azur en la nobleza; simboliza este color realeza, majestad, hermosura y serenidad. Los que los lleven en sus armas, están obligados a socorrer a los fieles servidores de sus príncipes que "se hallan sin remuneración por sus servicios".

En lo que respecta al sable, simboliza el diamante; su signo del Zodiaco es Saturno, Tauro y Virgo; su elemento, la tierra; el día de la semana, el sábado; el mes, diciembre; su metal, el plomo y el hierro; su árbol, el olivo y el pino; y como ave, el águila. En los escudos de los príncipes se llama al sable, Saturno; en los de los títulos, diamante, y sable para la generalidad de la nobleza. Se tradúce por la ciencia, la modestia y, a veces, la aflicción. Aquellos que usan este esmalte en sus escudos se encuentran obligados a socorrer a las viudas, los huérfanos, los eclesiásticos, y la gente de letras que sufra injusticia y opresión.

La esmeralda simboliza al sinople y el signo zodiacal corresponde a Mercurio; su elemento es la tierra; el día de la semana, el miercoles; su mes, mayo; su metal, el azogue; como planta, el laurel; la flor, la siempreviva y como ave, el papagayo. En los blasones de los principes recibe el nombre de Venus; esmeralda, en el de los títulos y sinople en los de la nobleza en general. Su significado es la esperanza, la abundancia y la libertad; cuantos llevan este esmalte en su escudo quedan obligados a socorrer a los labradores en general y a los huerfanos y pobres que se encuentren oprimidos.

La púrpura representa la amatista; su signo, el de Júpiter; su elemento, el aire; su día de la semana, el jueves; los meses, febrero y noviembre; el metal, el estaño; la planta, la sabina y su flor, el lirio; y en lo que se refiere al Zodiaco, se añade al planeta Júpiter, los signos de Sagitario y Piscis. Su animal es el león y de los peces, la ballena. La púrpura se traduce por dignidad, soberanía, grandeza y poder. Los que traen estas armas quedan obligads.s a socorrer a los eclesiásticos y los religisos.


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HERALDICA CONCEPTOS

La comprensión de bastantes conceptos que no sólo aparecen en la historia, sino en la literatura y, con especial incidencia en la Genealogía y la Heráldica, aconsejan hacer constar una serie de palabras, indicando su significado a los lectores, dado su poco uso. Como sea que muchas de esas voces han caído en desuso no está de más aclarar su significado.

Por ejemplo: Todo el mundo sabe que un Abad es el superior jerárquico de una abadía de monjes o canónigos regulares. Pero ocurre que también con esta palabra se designaba al noble que poseía legítimamente y por herencia alguna abadía con frutos secularizados tal como sucedía en algunos puntos de España, principalmente en Vizcaya.

Comenzaremos, pues, por orden alfabético la descripción de algunos de estos conceptos, imprescindibles para la mejor compresión de los temas históricos, genealógicos y heráldicos: "Acostamiento" era el sueldo o estipendio que el rey o los señores feudales daban a sus respectivos vasallos para que acudiesen con sus armas cuando las necesidades de la guerra así lo imponían.

"Adelantado" era el funcionario que el rey colocaba al frente de una provincia o comarca para que le representase y ejerciera en dicho territorio la suprema autoridad en nombre del soberano.

"Alarde" era la revista que pasaba el rey o la persona por él delegada a la nobleza titulada, caballeros, escuderos o vasallos que disfrutaban de tierras para saber si tenían los caballos y armas necesarios y si estaban dispuestos a entrar en batalla.

"Alcalde Alamín" era la persona diputada para reconocer y arreglar en un pueblo las pesas y medidas, especialmente de productos comestibles y para determinar la calidad y precio de ellos.

"Alcaldes del Crimen" funcionarios encargados de juzgar cuantos delitos se producían con muerte de individuos en forma violenta o alevosa.

"Alcaldes de la Hermandad" eran los que se nombraban cada año en los pueblos para que entendieran de los delitos cometidos en el campo.



"Amparo de Hidalguía" consistía en la antigua práctica de acudir a los Alcaldes de Corte solicitando un mandamiento en virtud del cual se reconociese la nobleza e hidalguía del recurrente. Este Amparo fue abolido en el año 1.777.

"Auto de Fe" era el acto público del Tribunal de la Inquisición donde los reos se exponían públicamente para leerles las causas después de ser estas juzgadas.

Entregados después dichos reos al brazo secular, generalmente su muerte era en la hoguera.

"Baile" antiguamente con este nombre se designaba en Aragón a un juez ordinario en ciertas poblaciones de señorío.

"Blanca de la Carne" se entendía el tributo que grababa la carne consistente en dos maravedíes. Por cierto, a los nobles se les eximía de dicho tributo en reconocimiento a su calidad.

"Camarero" se trataba, en la Casa Real de Castilla, del jefe de la Cámara del Rey. También se denominó así al criado que cuidaba de la cámara de los Grandes.

"Capitán Preboste" era el encargado de, con su compañía, perseguir a los malhechores y llevar a cabo a su ejecución si así procedía. Se trataba de lo que hoy se denomina Policía Militar.

"Ciudadano Honrado" en Cataluna, quedaba reservada a aquellos que vivían de sus rentas sin necesidad de ocuparse en trabajos manuales.

"Consejero de Capa y Espada" en la práctica, no pintaba nada, ya que en los Tribunales Reales carecía de voto y entendía solamente en materia consultiva.

"Chancillería" esta era un Tribunal Superior de Justicia donde además de los pleitos que a él llegaban, se entendía por apelación de todas las causas de los jueces de las provincias que estaban dentro de su territorio, y privadamente de las de hidalguía, propiedades y mayorazgos. De sus ejecutorias no había apelación y sólo se admitía el recurso por agravio o injusticia notoria, o la apelación al rey.

"Ejecutoria de Nobleza" consistía en el despacho que se emitía por algún tribunal del reino donde se ponía de manifiesto la calidad de nobleza de alguna persona que así lo solic1taba.

"Estanco" era el embargo o prohibición de algunas cosas de ser vendidas libremente sin que antes no se le hubiera puesto precio a las mismas.

"Freyle" caballero miembro de alguna Orden Militar.

"Grandes de España" estaban autorizados a cubrirse delante de su rey en el acto de su investidura, si era caballero, o de tomar asiento delante de la reina, si era señora, gozando además del derecho a llamarse "primos" del Soberano y recibir el tratamiento de excelencia. Es curioso señalar de donde parte el Ejército Regular de España: Fue de las llamadas Guardias viejas de Castilla y su creación se debe a los Reyes Católicos deseosos de disponer de un cuerpo militar armado que pusiera freno a los abusos y desmanes de los poderosos señores feudales. En lo que respecta a la famosa "Limpieza de Sangre" consistía en la información que se practicaba por distintos estamentos nobiliarios, gremios, corporaciones, etc. donde el aspirante debía demostrar que sus antepasados no habían tenido mezcla de sangre de moros, judíos o herejes, penitenciados por el Santo Oficio, condición previa para su admisión. Como se ve, el asunto del racismo viene de lejos y España tampoco está libre de pecado... Basta con recordar la expulsión de los judíos y más tarde la de los moriscos.

Cuando se habla de la Real Maestranza de Sevilla, bueno será saber que esta palabra "Maestranza" era una institución nobiliaria española que originariamente tenía como misión ejercitarse en el empleo de la equitación, con escuela para el manejo de las armas a caballo.

"Merindad" tal cosa viene de "Merino" que era un juez nombrado por el rey en su territorio donde tenía amplia jurisdicción y a esta región era a la que se denominaba "Merindad"

"Mozárabe" era el cristiano que durante la dominación árabe vivió entre los moros conservando su propia identidad y religión.

"Pechos" eran los tributos y el "pechero" era el plebeyo que estaba obligado a pagar con pecho o sea, tributo. Por cierto, aquellos que pertenecían al estado de los hijosdalgo se eximían de semejante pago.

"Derecho de pernada" se trataba de cierto derecho que poseían algunos señores de la antiguedad de introducir una pierna en el lecho de una vasalla suya recién casada. Venía a ser la representación simbólica del derecho de prelibación aplicada anteriormente. Después se substituyó por una contribución.

"Realengo" todas las poblaciones no eran de Señorío ni pertenecían a Ordenes Militares.

"Señor de Horca y Cuchillo" aquel que tenía derecho de vida y muerte sobre sus

"Villano" era el nacido en el estado llano y se veía sujeto a aquello que le placía a su Señor.



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03 junio 2009

ORIGEN DE LA HERALDICA

¿Cuándo comenzó la Ciencia Heráldica?

He aquí una pregunta de difícil contestación dado que se ignora la fecha exacta del comienzo de la ciencia heráldica. Esta se basa en unos hechos que se van produciendo desde la más remota antiguedad hasta que se van sujetando a un estado de Orden y es así como aparecen ciertas reglas que conceden a la heráldica su carácter científico. Ciertamente, en los primeros tiempos de la historia de la Humanidad, en las lejanas Edades en las que el hombre aún no se había constituido en núcleos de población, hablar de heráldica sería totalmente absurdo. Tuvo que llegar una cierta civilización formando primero los grupos de sacerdotes y guerreros, es decir, los grados, para que surgiera lo que podríamos denominar como una incipiente heráldica, o lo que es lo mismo, la necedidad de adoptar ciertos signos para distinguirse unos de otros. Naturalmente no es concehible imaginar al hombre de la Edad de Piedra preocupado por alcanzar un blasón que le identificase como el primero en hazañas cinegéticas o también guerreras...

Llegaron los tiempos en que los humanos vivieron en núcleos y con las rivalidades de los distintos grupos aparecieron las guerras y con ellas las hazanas heróicas. Pero el recuerdo de tales actos se iba perdiendo, aunque viviera durante algún tiempo en la memoria de los coetáneos. Siempre hubo héroes, pero convendrá tener en cuenta que jamás se trató de seres aislados. Procedían de un tronco, de una familia que siempre se enorgullecía de él. Estas familias que sobresalían entre las demás buscaron la manifestación de los grandes hechos familiares y así como el apellido se distingue del linaje, así con los escudos de armas se patentizan los timbres de gloria de los pertencientes a determinada familia.

Hay otro aspecto muy digno de tener en cuenta: Los reyes quisieron premiar a sus mas fieles vasallos por los servicios prestados a la Corona. ¿Cómo? Ascendiéndolos a una categoría superior, es decir, ennobleciéndolos. Fueron ellos los que estimularon el uso del blasón, así como la ostentación de utilizar sus propias armas a los caballeros. Conseguir el escudo llevó, y es lógico, a la realización de hechos de armas que redundaban en beneficio de la nación dado que, por lo general, tal cosa significaba un poderoso acicate que estimulaba el valor de los guerreros. Sería falso dejar de señalar que, aparte de los honores que el escudo llevaba inherente,existía también otro estímulo más prosaico y materialista. Cierto que los hechos heróicos ennoblecían el apellido, pero también es verdad que por lo general, los monarcas premiaban a sus fieles vasallos otorgándoles en propiedad aquellas tierras que conquistaban. Un sólo ejemplo basta: Se habla del latifundio andaluz y sus orígenes están absolutamente claros: fueron los Reyes Católicos los que, en agradecimiento a la ayuda prestada por sus señores feudales en la conquista del reino de Granada y, al igual que lo hicieran sus precdecesores, hicieron donación de enormes extensiones de tierra a sus nobles. Existe una característica muy propia en la Edad Media. El poder real no es absoluto dada la existencia de los señores feudales. Estos son a escala más reducida soberanos que mantienen sus Ejércitos particulares y que cuando conviene a sus intereses, llegan a desconocer la autoridad real, a la que no solamente desafían sino que llegan hasta enfrentarse. El señor feudal vive en su castillo rodeado de sus tierras y cuanto en ellas ocurra es de su absoluta incumbencia. El señor de Horca y Cuchillo. No tiene más cononocimiento que el de sus comarcanos y, a veces, no sólo ignora lo que ocurre en la Corte sino que no le importa en absoluto. Mantiene sus guerras propias contra sus vecinos unas veces para apoderase de tierras que le son ajenas y otras para intentar recobrar lo que otro más fuerte que él le ha despojado. En estas contiendas particulares la autoridad real brilla por su ausencia. Se hacía preciso un acontecimiento que alterase los cimientos de una sociedad medieval para dar paso a un nuevo orden de cosas. Este acontecimiento se basó en las Cruzadas. Unidos ante el "infiel" los nobles de todas las naciones de Europa olvidaron sus rencillas prestos a trasladarse a Tierra Santa y combatir al sarraceno conquistador de Jerusalén. Y en esta guerra es cuando se evidencian con mayor fuerza los esfuerzos de los caballeros ansiosos de añadir nuevas glorias a sus linajes. Aquí se entabla una feroz competencia para ver quien es más que nadie. El espíritu caballeresco se manifiesta con toda su fuerza y los nobles aunan esfuerzos en honor de su dama y la gloria de su linaje. Cada uno lleva su propio distintivo, sus armas, que los hace ser reconocidos y su mayor tesón es que esas armas que reflejan sus escudos se cubran de honor y triunfo. Pero ocurre que los escudos con los distintivos se multiplicaron de tal forma, que surgió la imperiosa necesidad de someterlos a leyes fijas y precisó que fueran las que configuraron el Código heráldico.

En las Cruzadas hizo su aparicion el blasón como la representación gráfica de los hechos llevados a cabo, la insigna que muestra ante todos el honor de aquel que lo posee y que, con posterioridad, van heredando todos los de su linaje. Es por eso que la Heráldica como Ciencia del blasón aparece con toda su fuerza en las Cruzadas. Lo que viene después la herencia de aquellos signos y distintivos por parte de los hijos, o las familias de aquel que los conquistó por sus hechos de armas. Este carácter ya se va trasmitiendo en tiempos posteriores, pero la heráldica como ciencia deja de basarse únicamente en los guerreros para extenderse en otros campos. En la sociedad, conforme el progreso se manifiesta, aparecen los homhres que tanto en el estudio como en la Ciencia llevan a cabo asombrosas conquistas y los reyes comprendiendo que tales esfuerzos hay que dignificarlos, no son reacios a otorgar nuevos títulos de nobleza, de tal forma que el escudo se diversifica, ya no sólo es la representación de las victorias bélicas, sino que también es el emblema del talento o las virtuldes del ser humano. El sabio, el hombre de letras, el sacerdote, alcanzan sus propios blasones. La Heráldica, nacida en el escudo del guerrero se extiende hasta el punto de que, con el tiempo, va naciendo, aparte de la religiosa, otro tipo de heráldica, como la comercial, la deportiva, la que distingue a las profesiones, etc.

Esto produce que la afición a esta ciencia y al estudio de la misma sea cada día mayor y ya no se trata solamente de conocer aquello que nuestros antepasados nos legaron, sino estudiar asimismo todo cuanto se relacione con La Heráldica. ¿Quién no ha deseado conocer los orígenes de su apellido? Al entrar en posesión de este conocimiento, penetramos también en la historia.

Conocer el mundo heráldico es algo apasionante, por las múltiples facetas que en el mismo se encierran. No sólo las naciones sino los pueblos poseen sus propios escudos y no deja de ser interesante saber como los conquistaron, qué significan y qué derecho tienen a ostentaros.

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22 mayo 2009

HERALDICA DEL APELLIDO

INTERPRETACION HERALDICA DE LAS ARMAS CORRESPONDIENTES A LOS APELLIDOS.

La pregunta para el profano es cuándo y en qué circunstancias, se origina la unión entre apellidos y armas, mediante el escudo. Y la respuesta ha venido teniendo diversas argumentaciones, dividiéndose, los autores especialistas en el tema en dos bandos:

Aquellos que se remontan a siglos antes de Jesucristo, sosteniendo que ya griegos y romanos hicieron uso de escudos y linajes y otros fijan el comienzo de su empleo a la época de las Cruzadas y los torneos.

A este respecto, un autor de reconocida garantía como García Garraffa, señala en su obra "Ciencia Heráldica o de Blasón": "Las armas o armerías fueron desde sus orígenes y hasta el siglo X solamente jeroglíficos, emblemas y carácteres personales y arbitrarios, pero no señales de honor o de nobleza que trascendiesen a la posterioridad y pasaran de padres a hijos. Este nuevo significado comenzaron a tomarlo las armerías en el siglo X y como consecuencia de los torneos, habiéndose regularizado su uso y perfeccionándose su método y sus reglas en los tres siglos siguientes.

No obstante, como muy acertadamente observa la Gran Enciclopedia en su página 1.136, hasta el siglo XV, con el advenimiento de los reyes de armas, jueces y heraldos, no pudo desembarazarse la heráldica de los usos y tradiciones que tendían, desde mucho tiempo atrás, a constituirla. Fue entonces cuando adquirió las reglas precisas así como un lenguaje especial que permitiera describir, con la mayor exactitud, sin el auxilio de las figuras, las armerías más complicadas. En un principio, y durante mucho tiempo, fue la heráldica un arte esencialmente práctico a los heráldicos profesionales, pero a contar del siglo XVII, y mucho más en nuestros días, la heráldica ha ido tomando cuerpo entre las ciencias auxiliares de la historia y su conocimiento viene a ser indispensable al historiador, al arqueólogo y al biógrafo.

Costa y Turell, en su "Tratado completo de la Ciencia del Blasón" (Barcelona 1.858), dice:

"No debe creerse que el estudio de la ciencia del blasón es sólo útil y exclusivo para los nobles. Suponerlo sería cometer un grave error. Los historiadores, los poetas, los novelistas y, sobre todo, los escultores, los pintores y arquitectos, deben saber blasonar los escudos que les pidan y los que encuentren a su paso. Sin ésto, unos y otros caerán en los errores más cómicos y deplorables: cómicos cuando estos errores sólo sirven para demostrar las equivocaciones en esta materia y la ignorancia sobre la misma; deplorables cuanto pueden contribuir a deformar la verdad histórica".

Blasón y armería son términos heráldicos de igual alcance puesto que ambos responden a una misma idea y representan las insignias hereditarias compuestas de figuras y atributos determinados, concedidos por la autoridad o el principe en recompensa de determinado servicio y como marca o distintivo del linaje premiado.

No obstante, constituiría un error suponer que todos los escudos han sido en su origen significativos y otra equivocación atribuirles a todos el carácter de una merced regia o de un premio otorgado por una autoridad soberana. La inmensa mayoría de los escudos, fueron adoptados, libérrimamente, por los caballeros y sus linajes.

Es claro que en los primeros tiempos y sin existir norma alguna que especificase el uso y significado de cada elemento, los que aplicaban a sus escudos de guerra o al blasón de sus casas, figuras u objetos lo hacían a su libre albedrío y sin razón alguna que justificase, más que de una forma personal, la situación o emblema que se adoptaba. Por ello, es, en muchos casos, imposible para el heraldista, conocer el por qué de tal o cual símbolo que figura en determinado escudo, y aún mucho menos la razón de su situación dentro del mismo, a no ser que con posterioridad, y ya con la intervención de algún Rey de armas o heraldo, se corrigiese aviniendose a las normas por las que se rige la Heráldica.

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