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05 junio 2009

ORIGEN DE LOS SIGNOS HERALDICOS

Por regla general, se suele atribuir la difusión de la heráldica a unas fechas que se fijan en el siglo XII y comienzos del XIII con ocasión de las Cruzadas. ¿Quiere esto decir que con anterioridad la heráldica era materia poco menos que desconocida y, por supuesto, no utilizada? No es esa nuestra opinión, ni tampoco la de numerosos y acreditados heraldistas.

A este respecto, consideramos muy interesante reproducir parte de la introducción que, el prestigioso autor, don Prancisco Piferrer, efectúa en su "Diccionario de la Ciencia Heráldica", y que dice: "No sin motivo se lee que "Dios creó el mundo a las contínuas y perpetuas discusiones de los hombres"; de otro modo no sería fácil comprender como han podido surgir tantas cuestiones, tantas y tan diversas opiniones sobre las insignias, armerías y blasones, fijando unos su origen en Adán, otros en Noé, otros en el pueblo de Israel, otros en los Faraones de Egipto, otros en la Guerra de Troya: y así, estrechando las distancias de tiempo y disputándoles, siglo por siglo, su antigüedad, han atribuído algunos su invención a los griegos, otros a los romanos, otros a los alemanes, con motivo de sus justas y torneos, que comenzaron a principios del siglo VIII, otros a los franceses con motivo de los suyos, que empezaron a comienzos del siglo IX, y algunos sostienen que las insignias y armerías nacieron a fines del siglo X con ocasión de las primeras Cruzadas.

Tanta diversidad de dictámenes y opiniones en una cuestión que tan clara nos parece, ha de tener forzosamente por causa, como sucede en la mayor parte de las cuestiones, alguna confusión introducida en las ideas o en las palabras con que se manifiestan. En efecto, basta examinar de paso las razones que cada uno aduce en apoyo de su tesis, para convencerse de que todos toman por origen de las insignias y blasones algunos de los grados por los cuales han pasado en su marcha regular y progresiva de desarrollo y perfección. Procurando pues, evitar toda confusión y ambigüedad en los términos, decimos que, consideradas las armerías, en su sentido general, extenso y genuíno de signo y emblemas para denotar ciertas diferencias o distinciones sociales o individuales empezaron como queda ya expresado, tan luego como hubo hombres en sociedad. Y aún consideradas en el estilo particular de nuestros escudos de armas o blasones, existieron ya con diferencias puramente accidentales entre los griegos, los romanos y otros muchos pueblos".

Expresa Piferrer además, su absoluto convencimiento, que afirma puede demostrarse con sólidos y copiosos datos, que los blasones o símbolos heráldicos son tan antiguos como el género humano. Expresa después su extrañeza de que muchos autores pasen por alto las pruebas que alega, concediendo, al origen del blasón, un tiempo casi moderno, dado que nadie ignora que tuvieron símbolos heráldicos muchos de los primeros pueblos y más antiguas ciudades del orbe y opina que de ahí la causa de muchas de las discusiones, que proceden de la confusión de ideas que dan pie a muchos criterios erróneos, que se admiten como verdaderos cuando, en realidad, son falsos lo que produce inexactas consecuencias. Tiene razón el acreditado autor: los signos heráldicos vienen de tiempos muy remotos y ahí están los distintivos de las doce tribus de Israel, cada una de las cuales poseía su propia distinción heráldica. O sea, que, nos vamos a una antigüedad de más de cuatro mil años. Y ¿qué se puede decir de la estrella de diez puntas representativa de los diez primeros discípulos de Cristo? Existen una serie muy grande de símbolos de aquel tiempo, algunos de los cuales han sido reproducidos en esta obra.

¿Alguien sería capaz de negar la autenticidad al sello del emperador romano Constantino I? Y aún avanzando más en el tiempo, en el siglo VIII ya existía el signo monástico representativo de "en el nombre de Dios", o los de la Virgen María, del mismo siglo.

Siguiendo con Piferrer, es sumamente interesante su opinión respecto a aquellos que colocan el origen del blasón en las primeras Cruzadas, considerándolos poco menos que organizados y regularizados casi como en nuestros días. Se dice que las armerías nacieron con motivo de las repetidas hazañas y proezas de los cruzados, que recibieron los blasones como premio a las mismas, y así fue como la ciencia heráldica llegó a su estado de perfección.

Pero esto no quiere decir que no existiera con anterioridad. Volviendo al pueblo de Israel es harto conocido que tuvieron como símbolo el "Arca de la Alianza" y por divisa el sagrado nombre de "Javeh" (o Jehová, según su transcripción cristiana).

¿Olvidaremos que los antiguos egipcios tuvieron ya sus propios signos heráldicos? ¿O que para designar al Estado lo hacían por medio del dibujo de un cocodrilo? ¿O que su religiosidad poseía el signo de un buey, "Apis"? Y que para referirse a su dios Horus, no pintaban la cabeza de un halcón.



La simbología, que es la base de la heráldica, aparece en tiempos remotísimos y ello es patente en este bajo relieve de un sarcófago, del Museo de Valencia, en donde figura el simbolo o marca de Constantino, así como la cruz, palomas y corderos, todo ello perteneciente a la simbología cristiana de los primeros tiempos.

Para Piferrer afirmar que los egipcios adoraban al cocodrilo, al buey o al halcón, resulta equivocado. Los tenían como blasones y en prueba de aprecio y respeto los dedicaban a su dioses tutelares. Lo contrario, añade el citado autor, sería tanto como decir que los ingleses adoran al leopardo, los franceses al águila, los españoles al león y los madrileños al oso y el madroño, etc. etc.

Incluye una serie de pueblos que tuvieron sus símbolos heráldicos en diversos animales o plantas.

La palmera fue el emblema de los fenicios. La paloma esplayada en campo de oro, el de los asirios. Por su parte, los atenienses ostentaban la esfinge de Minerva, acompañada de un búho y un olivo. Los cartagineses tenían como símbolo la cabeza de un caballo. El dragón fue el emblema de los dacios. En cuanto a los romanos, la loba que amamantó a Rómulo y Remo. Los godos, al oso. Los antiguos galos, a la alondra. Y los chinos, a los que en justicia se considera como uno de los pueblos más antiguos de la tierra, tuvieron como blasón, y aún lo tienen, el dragón de oro en campo de gules y sinople.

En lo que respecta a las ciudades, Rodas un delfín, Antioquía, una matrona torreada, de pie, con un caballo a su lado. Argos, la ciudad griega del Peloponeso, un toro. Tiro, una nave. Corinto, un caballo con alas, el célebre "Pegaso". Siracusa, un carro tirado por cuatro caballos, y la victoria coronando al conductor. Sicilia, dos hachas.

Si tuviéramos que bucear en la historia de todas las ciudades encontraríamos que cada una tenía su propio signo que la identificaba.

Casi siempre este signo se elegía por su semejanza al nombre de la población, pero lo que no cabe duda es que esta heráldica municipal existe desde hace muchísimo tiempo.

Podríamos llenar mucho, muchísimo espacio, refiriéndonos a este tema, pero creemos que basta con los ejemplos citados.

Los blasones nacieron con el género humano y desde siempre tanto individuos como poblaciones han deseado tener su propio signo que las diferencie de las demás.

Ya Caín, el fratricida, llevó la marca heráldica en la frente, impuesta por Dios para que todos pudieran reconocerlo.


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ORIGEN DE LAS REGLAS HERALDICAS

Como en todo, existen unas Reglas Heráldicas, que son inmutables, sobre la ciencia del Blasón. No se trata de imposiciones a cada caso particular sino que son inherentes a toda la Heráldica en general. Las Armerías no pueden crearse al capricho de cada uno, sino que siempre obedecen a ciertas normas que afectan a todas ellas.

Muy cierto, y lo veremos más adelante que, en ocasiones, estas reglas han sido y son, quebrantadas con el único resultado de producir el confusionismo en todos aquellos que no se encuentran impuestos en las citadas Reglas.

Estas normas son:

Ley Primera: En el arte heráldico, la primera Ley se basa en que jamás debe ponerse en los escudos metal sobre metal, ni color sobre color.

No es tolerado que, por ejemplo, sobre campo de oro del escudo, se ponga una figura, la que sea, también de oro. Ni tampoco si este campo es de gules, y seguimos con ejemplos, se coloque en él una figura asimismo de gules. Las armas que contravienen estas Reglas son consideradas falsas.

Esta Regla la explican los tratadistas al indicar que tienen por precedente los torneos en las que los caballeros participantes utilizaban ligeras vestiduras de color sobre las armaduras de metal. No parecía propio que un caballero usase una coraza plateada o dórada colocando encima de ella unas vestiduras de ese mismo color.

Don Alejandro de Armengol mantiene un parecer distinto en su obra "Heráldica". Dice así "A nuestro parecer, el verdadero origen de esta norma está en el sentido profundamente artístico de los primitivos Heraldos y Reyes de Armas, tradicionalmente observado por sus sucesores, para lograr, por el contraste de metales y colores, un efecto de conjunto plenamente armónico. La brillantez de color, el realce de las figuras, sólo se debe a esta norma, tan sencilla, de que el "campo", el fondo, presenta la riqueza de la plata o el oro, si las piezas son de los bellos colores del Blasón, o viceversa."

Tiene toda la razón: para comprobar, hasta que punto está en lo cierto este conocido tratadista, basta (y él también lo señala acertadamente) el tono apagado, mortecino, sin brillantez de alguna de las armerías en las que, ocasionalmente, se quebranta esta Ley.

He aquí una excepción que rompe la Regla: Las Armerías de "enquerre" (se llaman así aquellas que contradicen la regla heráldica de no colocar jamás color sobre color o metal sobre metal) cuya apariencia es mortecina, jamás pueden tener la luminosidad de las que guardan escrupulosamente esta primera Regla heráldica. Conste que existieron casos de fragante alteración de la norma: Por ejemplo, las armas del conocido cruzado, conquistador de Jerusalén, Godofredo de Bouillón pertenecen a la clase de "enquerre" ya que llevaban plata y una cruz potenzada de oro, cantonada de cuatro crucetas de lo mismo.

En la Heráldica Municipal se encuentran también algunos casos que contradicen la Primera Ley heráldica: Hay ciudades francesas que presentan al jefe del mismo color que el campo del escudo, parece ser que tal anomalía se hizo por concesión de los Reyes, pero para salvarla hubo que llamar "cosido" a este jefe.

Tenemos después un aspecto que produce cierta confusión: Se trata del color púrpura (violado) considerado por lo general como color, pero es que también puede tomarse como metal y siendo así viene a resultar que no existe infracción de la regla el que se use indistintamente sobre una u otra clase de esmalte.

Conviene advertir que entre las excepciones a la Regla, hay aquella que se refiere a las figuras humanas de color llamado "de carnación" o en las de los animales "al natural" o de su propio color. Para estos dos casos, no es aplicable la Regla.

Puede considerarse también excluido de la norma, aquellos casos de las brisuras en las que se observa metal sobre metal o color sobre color. No es una grave infracción.

Finalmente, y como la última de las excepciones tolerables tenemos que no se pone reparo ni osbtáculo alguno en pequeños detalles, tales como uñas, picos, o garras de animales, ni en las coronas, collares u otros adornos. En estos casos no importa la colocación de metal sobre metal o color sobre color.

Ley Segunda: Se trata de que las figuras propias de las Armerías deben estar siempre colocadas en el lugar que les corresponde, de ningún modo, puestas en lo que podríamos denominar "sin orden ni concierto".

Claro que siempre hay excepciones: Indudablemente se exceptuan los casos en que no es posible blasonar de otro modo: Por ejemplo, las bandas, fajas o barras cuando se ponen dos o tres (a veces más). Naturalmente os obvio que no pueden ocupar todas ellas el lugar correspondiente a la banda, barra o faja, cuando es única en el escudo.

Ley Tercera: Existen muchos escudos en los que aparecen las figuras naturales, artificiales o quiméricas. Cuando hay varias pueden colocarse una sobre otra, pero cuando se trata solo de una, lo correcto es colocarla en el centro del escudo, sea cualquiera su tamaño, aunque llenen todo el campo, eso sí, sin que jamás toquen los extremos. De esta regla quedan exceptuadas las figuras movientes.

Ley Cuarta: Esta Ley se refiere a lo siguiente; en los casos de las figuras que no son piezas honorables y éxisten en el escudo en número de tres, se ponen dos en jefe y una en punta. No hay necesidad de especificarlo.

Cuanto hemos expuesto anteriormente se basa en nuestro profundo convencimiento de que el conocimiento de la Heráldica en España se encuentra poco difundido. Los libros existentes sobre la materia son pocos y, por lo general, caros y no se hallan al alcance de todas las economías. Bien es cierto que muchas personas sí que tienen dichos conocimientos e ideas bastante acertadas sobre el tema, pero, por lo general, existe un gran desconocimiento de la materia y eso hace que, incluso en aquellos que conocen algo de la ciencia heráldica, se tengan por admitidos ciertos errores que conviene dejar bien aclarados.

En otros capítulo ya hemos hablado de la Heráldica como eficaz auxiliar de la Historia. No insisteremos sobre ello. Pero lo que debemos dejar bien claro es que un mayor conocimiento de la Heráldica no se basa en halagar la vanidad de algunas familias con ilustres apellidos, sino dar a conocer a cada uno de donde viene el suyo y, simultáneamente, ir dando a conocer a través de la Genealogía muchos aspectos interesantes de la historia del país en el que hemos nacido.

Los blasones, o escudos, tienen su origen en tiempos muy remotos de la antigüedad. Ya se encuentran, en forma de símbolos, en monumentos asirios, egipcios e incluso de otros pueblos que los precedieron. Esquilo cita el caso de los siete jefes que combatieron mandando el poderoso ejército de Adrasto, contra la ciudad de Tebas.

Cada uno de estos jefes llevaba sus respectivas divisas pintadas en sus escudos, para diferenciarse así unos de otros.

De este modo, el primer jefe, Tideo, que al frente de sus tropas era el designado para atacar la puerta principal de la ciudad tebana, llevaba en su escudo pintado un cielo cuajado de estrellas que rodeaban a la Luna. El segundo jefe, Capaneo, que debía atacar otra de las puertas, representaba en su escudo un hombre desnudo con una antorcha en la mano y la divisa "Yo abrasaré la ciudad". Y así, sucesivamente, se van describiendo los emblemas que ostentaban en sus escudos los restantes jefes del ejército.

Posiblemente, fueron los asirios los primeros en utilizar divisas en sus escudos. Se sabe que las armas de los Reyes de Siria consistían en una paloma de plata. En lo que se refiere a los cartagineses, ostentaban la cabeza de un caballo. Aníbal, la llevaba pintada en su escudo de guerra. En lo que se refiere a los romanos, ya se sabe que su figura heráldica era la loba, suplantada después por un cuervo y, finalmente, por un águila.

Ahora bien: las Armerías como tales, con ya algunas reglas que reglamentaban su uso, tienen su origen en la Edad Media, y fueron los apellidos los que coadyuvaron a la aparición de los escudos, al ser considerados como aportación jeroglífica.

Los emblemas personales se hicieron hereditarios. El más antiguo monumento que se conoce en Europa en el que aparecen figuras en Armerías, es el de Raúl de Beaumont, (1.087). De esta época son también los Blasones de los Plantagenet y los Anjou.

En lo que se refiere a España, si hacemos caso y damos crédito a una autoridad tan acreditada en Ciencia Heráldica como don Fernando de Sagarra, tendremos que admitir que en nuestro país no se conocen sellos anteriores al siglo XII. Los primeros son los que se encuentran en Ramón Berenguer IV, de Barcelona, de Alfonso II de Aragón y de Alfonso VII de Castilla, todos correspondientes al siglo XII.

De todo lo expuesto, se deduce que, el uso generalizado de las Armerías que ostentaron los Reyes y las grandes familias no se llevó a cabo hasta fines del siglo XII.



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ORIGEN DE LOS HERALDOS Y HERALDICA

Heráldica viene de Heraldo. Ahora bien, para conocer la primera forzoso será saber qué eran y qué significaban los segundos.

Se trataba de unos caballeros, siempre de la nobleza más acreditada, encargados de dictar las leyes a las que debían ajustarse los torneos o justas, así como del examen de de los méritos de aquellos que deseaban participar en los que hoy en día se denominarían "Juegos" entre caballeros.

Los heraldos eran jueces que ordenaban los torneos con la potestad, por mandato real, de dictaminar sobre todo aquello que se refiriera al torneo, siendo sus decisiones inapelables.

Entre sus obligaciones estaba la de examinar concienzudamente los títulos de nobleza correspondientes a los caballeros, investigando sobre sus armas y el derecho que poseían a llevar en sus escudos determinados motivos heráldicos.

Se daba el caso de que los emblemas propios de una familia noble por lo general se elegían de un modo arbitrario, al gusto y capricho del que deseaba usarlos. Siendo hereditarios, pronto se vio la necesidad de registrarlos y de establecer unas normas para el uso del blasón. Los escudos de los guerreros, por el contrario de los familiares, siempre se basaban en algún hecho de armas intentando fijar el recuerdo de la hazaña llevada a efecto y que a través de los descendientes, inmortalizara la acción.

La utilización del blasón, las reglas a que debían ajustarse los caballeros y la organización de los torneos y justas fue el cometido otorgado a los heraldos. Los torneos o justas consistían en unos ejercicios caballerescos mediante el combate entre dos caballeros y en el que ambos contendientes ejercitaban su destreza en las armas. Por lo general, este tipo de competiciones era organizado con ocasión de alguna fiesta solemne, como por ejemplo, la coronación de un rey y se basaba en el entrenamiento de los competidores en ejercicios guerreros. Los caballeros combatían a caballo en palenques con cercados de madera y separados por una valla para que las cabalgaduras no pudieran chocar. El arma consistía en lanza preparada convenientemente para que no pudiera herir al adversario, ya que de lo que se trataba era de propinarle un golpe lo suficientemente fuerte para derribarle del caballo. El que caía se declaraba vencido sin que por eso su honor sufriera menoscabo alguno.

Pero bien es verdad que por muchas precauciones que se tomaran, siempre se producían incidentes, alguno mortal, como el sucedido al rey de Francia Enrique II.

Durante un torneo celebrado en honor de la llegada de la que más tarde sería reina de Escocia, María Estuardo, que iba a contraer matrimonio con el delfín de Francia, el rey Enrique quiso participar en el torneo enfrentándose al jefe de la guardia escocesa de la futura reina, el conde de Montgomery, con tan mala suerte que la lanza de éste, a pesar de carecer de punta de acero, fue a penetrar por una de las rendijas del casco del monarca y la madera atravesó un ojo del rey, lo que provocó no sólo su caída del caballo, sino su muerte. Por cierto, este desgraciado suceso ya había sido predicho por el célebre astrólogo Michael de Notre Dame, más vulgarmente conocido como Nostradamus.

Los emblemas de los caballeros que participaban en los torneos no sólo se ostentaban en sus escudos. Cada uno tenía su propia tienda de campaña donde se colocaban sus armaduras. En la puerta de esta tienda se clavaba una lanza en cuyo extremo ondeaba un guión o banderín con las armas de su propietario. También en las gualdrapas de los caballos se hacían ostentar los blasones del jinete.

Todos estos detalles, así como las ceremonias previas al torneo, la proclamación de los caballeros que iban a competir, las reglas a que debian ajustarse y cuanto se relacionaba con la justa, eran misiones exclusivas de los heraldos.

Por regla general, en una época tan caballeresca como la Edad Media, los caballeros que tomaban parte en los torneos lo hacían bajo el apadrinamiento de una dama a la que le dedicaban sus triunfos, caso de producirse.

Los torneos podían celebrarse, y de hecho así se hacía, en época de guerra, entre caballeros pertenecientes a los dos bandos en lucha. Cuando esto sucedía, quedaban paralizadas las operaciones bélicas, eligiéndose, de mutuo acuerdo, un heraldo encargado de dictar las reglas del torneo. Esto ocurrió, por citar un solo ejemplo, durante las Cruzadas cuando los soldados cristianos pusieron cerco a la fortaleza de San Juan de Acre. Cinco caballeros cruzados se enfrentaron a otros tantos sarracenos, ante los muros de la población. Pero cuando se daba este caso, el final era distinto al de los torneos de ceremonia, ya que se utilizaban armas de combate y la lucha era a muerte.

En lo que respecta a los escudos, es conveniente decir que la Heráldica que estudia las armas, o armerías, estas no se tratan de elementos de guerra para atacar o defenderse de un posible enemigo, sino que se refiere a la insignia o blasón con el que quiere identificarse el caballero, siendo por tanto, un emblema honorífico.

Los torneos, las justas y en general cuanto se refiere a la Heráldica alcanzaron su apogeo en la época de las Cruzadas. En aquel tiempo de exaltación religiosa unido al sentimiento guerrero en la esperanza de rescatar Tierra Santa del infiel, época de arte grandioso y en ocasiones desbordante en que la nobleza y las Ordenes de Caballería estaban en su apogeo, despertó la necesidad del blasón a fin de que los caballeros se distinguieran unos de otros y fuera, al mismo tiempo, exponente de sus hazañas, así como historia, tradición y memoria de los hechos heróicos llevados a cabo en el campo de batalla y así ha quedo expuesto por G. Eysembach, en su "Historia del Blasón". Dice: "El blasón, lenguaje misterioso, lengua ingeniosa y sorprendente, de uso universal para la nobleza de la cristiandad, establecía entre todos los gentileshombres una confraternidad heróica, era la piedra fundamental del edificio feudal, la cementa y la llave de la bóveda -como dice un autor antiguo- de la jerarquía aristocrática".

El blasón fue sinónimo de valor, lealtad y arrojo. Una mala acción pudiera enturbiar su limpia ejecutoria: era lo peor que podía sucederle a un caballero.

Todo esto era lo que debía examinar, enjuiciar y finalmente, dictaminar el heraldo. Quien no reuniera las condiciones precisas, no podía participar en un torneo.

El blasón representaba no sólo una realidad, un signo de jerarquía, también era el exponente de un oficio. Considerar su uso como un privilegio exclusivo de la nobleza constituye un error.

Naturalmente que los artesanos, los pertencientes a los gremios no celebraban torneos, pero esto no impedía que tuvieran sus propios escudos inherentes a los oficios que practicaban y así no pocas veces estos blasones fueron esculpidos en piedra.

La Heráldica en sus múltiples manifestaciones, está ligada íntimamente con la historia. Muchas veces para estudiar ésta se hace indispensable conocer la primera porque a través de ella se adquieren no pocos conocimientos del tiempo pasado. La Heráldica se encuentra absolutamente unida a la genealogía nobiliaria investigando el escudo de armas de las familias nobles, unos escudos que en este caso se denominan Nobiliarios.

Una nobleza a la que se alcanza, casi siempre en los campos de combate y que fue pagada con la sangre de aquel que obtuvo el derecho a ostentar un blasón.