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03 junio 2009

ORIGEN DE LA HERALDICA

¿Cuándo comenzó la Ciencia Heráldica?

He aquí una pregunta de difícil contestación dado que se ignora la fecha exacta del comienzo de la ciencia heráldica. Esta se basa en unos hechos que se van produciendo desde la más remota antiguedad hasta que se van sujetando a un estado de Orden y es así como aparecen ciertas reglas que conceden a la heráldica su carácter científico. Ciertamente, en los primeros tiempos de la historia de la Humanidad, en las lejanas Edades en las que el hombre aún no se había constituido en núcleos de población, hablar de heráldica sería totalmente absurdo. Tuvo que llegar una cierta civilización formando primero los grupos de sacerdotes y guerreros, es decir, los grados, para que surgiera lo que podríamos denominar como una incipiente heráldica, o lo que es lo mismo, la necedidad de adoptar ciertos signos para distinguirse unos de otros. Naturalmente no es concehible imaginar al hombre de la Edad de Piedra preocupado por alcanzar un blasón que le identificase como el primero en hazañas cinegéticas o también guerreras...

Llegaron los tiempos en que los humanos vivieron en núcleos y con las rivalidades de los distintos grupos aparecieron las guerras y con ellas las hazanas heróicas. Pero el recuerdo de tales actos se iba perdiendo, aunque viviera durante algún tiempo en la memoria de los coetáneos. Siempre hubo héroes, pero convendrá tener en cuenta que jamás se trató de seres aislados. Procedían de un tronco, de una familia que siempre se enorgullecía de él. Estas familias que sobresalían entre las demás buscaron la manifestación de los grandes hechos familiares y así como el apellido se distingue del linaje, así con los escudos de armas se patentizan los timbres de gloria de los pertencientes a determinada familia.

Hay otro aspecto muy digno de tener en cuenta: Los reyes quisieron premiar a sus mas fieles vasallos por los servicios prestados a la Corona. ¿Cómo? Ascendiéndolos a una categoría superior, es decir, ennobleciéndolos. Fueron ellos los que estimularon el uso del blasón, así como la ostentación de utilizar sus propias armas a los caballeros. Conseguir el escudo llevó, y es lógico, a la realización de hechos de armas que redundaban en beneficio de la nación dado que, por lo general, tal cosa significaba un poderoso acicate que estimulaba el valor de los guerreros. Sería falso dejar de señalar que, aparte de los honores que el escudo llevaba inherente,existía también otro estímulo más prosaico y materialista. Cierto que los hechos heróicos ennoblecían el apellido, pero también es verdad que por lo general, los monarcas premiaban a sus fieles vasallos otorgándoles en propiedad aquellas tierras que conquistaban. Un sólo ejemplo basta: Se habla del latifundio andaluz y sus orígenes están absolutamente claros: fueron los Reyes Católicos los que, en agradecimiento a la ayuda prestada por sus señores feudales en la conquista del reino de Granada y, al igual que lo hicieran sus precdecesores, hicieron donación de enormes extensiones de tierra a sus nobles. Existe una característica muy propia en la Edad Media. El poder real no es absoluto dada la existencia de los señores feudales. Estos son a escala más reducida soberanos que mantienen sus Ejércitos particulares y que cuando conviene a sus intereses, llegan a desconocer la autoridad real, a la que no solamente desafían sino que llegan hasta enfrentarse. El señor feudal vive en su castillo rodeado de sus tierras y cuanto en ellas ocurra es de su absoluta incumbencia. El señor de Horca y Cuchillo. No tiene más cononocimiento que el de sus comarcanos y, a veces, no sólo ignora lo que ocurre en la Corte sino que no le importa en absoluto. Mantiene sus guerras propias contra sus vecinos unas veces para apoderase de tierras que le son ajenas y otras para intentar recobrar lo que otro más fuerte que él le ha despojado. En estas contiendas particulares la autoridad real brilla por su ausencia. Se hacía preciso un acontecimiento que alterase los cimientos de una sociedad medieval para dar paso a un nuevo orden de cosas. Este acontecimiento se basó en las Cruzadas. Unidos ante el "infiel" los nobles de todas las naciones de Europa olvidaron sus rencillas prestos a trasladarse a Tierra Santa y combatir al sarraceno conquistador de Jerusalén. Y en esta guerra es cuando se evidencian con mayor fuerza los esfuerzos de los caballeros ansiosos de añadir nuevas glorias a sus linajes. Aquí se entabla una feroz competencia para ver quien es más que nadie. El espíritu caballeresco se manifiesta con toda su fuerza y los nobles aunan esfuerzos en honor de su dama y la gloria de su linaje. Cada uno lleva su propio distintivo, sus armas, que los hace ser reconocidos y su mayor tesón es que esas armas que reflejan sus escudos se cubran de honor y triunfo. Pero ocurre que los escudos con los distintivos se multiplicaron de tal forma, que surgió la imperiosa necesidad de someterlos a leyes fijas y precisó que fueran las que configuraron el Código heráldico.

En las Cruzadas hizo su aparicion el blasón como la representación gráfica de los hechos llevados a cabo, la insigna que muestra ante todos el honor de aquel que lo posee y que, con posterioridad, van heredando todos los de su linaje. Es por eso que la Heráldica como Ciencia del blasón aparece con toda su fuerza en las Cruzadas. Lo que viene después la herencia de aquellos signos y distintivos por parte de los hijos, o las familias de aquel que los conquistó por sus hechos de armas. Este carácter ya se va trasmitiendo en tiempos posteriores, pero la heráldica como ciencia deja de basarse únicamente en los guerreros para extenderse en otros campos. En la sociedad, conforme el progreso se manifiesta, aparecen los homhres que tanto en el estudio como en la Ciencia llevan a cabo asombrosas conquistas y los reyes comprendiendo que tales esfuerzos hay que dignificarlos, no son reacios a otorgar nuevos títulos de nobleza, de tal forma que el escudo se diversifica, ya no sólo es la representación de las victorias bélicas, sino que también es el emblema del talento o las virtuldes del ser humano. El sabio, el hombre de letras, el sacerdote, alcanzan sus propios blasones. La Heráldica, nacida en el escudo del guerrero se extiende hasta el punto de que, con el tiempo, va naciendo, aparte de la religiosa, otro tipo de heráldica, como la comercial, la deportiva, la que distingue a las profesiones, etc.

Esto produce que la afición a esta ciencia y al estudio de la misma sea cada día mayor y ya no se trata solamente de conocer aquello que nuestros antepasados nos legaron, sino estudiar asimismo todo cuanto se relacione con La Heráldica. ¿Quién no ha deseado conocer los orígenes de su apellido? Al entrar en posesión de este conocimiento, penetramos también en la historia.

Conocer el mundo heráldico es algo apasionante, por las múltiples facetas que en el mismo se encierran. No sólo las naciones sino los pueblos poseen sus propios escudos y no deja de ser interesante saber como los conquistaron, qué significan y qué derecho tienen a ostentaros.

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27 diciembre 2008

ORIGEL DEL ESCUDO DEL APELLIDO O ESCUDO FAMILIAR

Los orígenes del escudo se basan en la antigua arma defensiva que los guerreros embrazaban con el brazo izquierdo para resguardarse de los golpes de lanza y otras armas de sus enemigos. Los hombres de guerra acostumbraban a pintar en la parte externa de sus escudos figuras y jeroglíficos.

¿De qué época data el escudo?. No puede fijarse con exactitud. Desde los que lo unen con Palas, en la mitología griega, hasta aquellos que lo achacan a los hermanos Preto y Acrisión en la guerra que ambos sostuvieron entre sí por la posesión del reino de su padre, el rey Abas, de Argos, 2.658 años antes de Cristo, Se encuentran versiones para todos los gustos.

Lo que sí es cierto es que ya en tiempos de Roma se utilizaba el escudo. La leyenda así lo atestigua: "El año 48 de la fundación de Roma, 706 años antes de Jesucristo, la peste se extendió por toda Italia y no cesó hasta que se vio caer del cielo un escudo de cobre. Numa Pompilio consultó a la ninfa Egeria, quien le contestó que de la conservación del escudo dependía la suerte del Imperio pues sería la égida de Roma contra todo suceso desgraciado que pudiera sobrevenir. Ante este anuncio, Numa Pompilio hizo construir once escudos iguales a fin de que no fuera reconocido el caído del cielo si alguno intentaba robarlo.

La custodia de estos doce escudos fue confiada a doce sacerdotes de Marte a los que se les llamaba "Salicus Palatius", y para los grandes patricios romanos constituía un honor poder formar parte de dicho cortejo. Estos sacerdotes, revestidos de grandes galas, recorrían solemnemente la ciudad todos los años, para mostrar a la multitud los escudos que cada uno llevaba en el brazo derecho, y tal era la religiosidad de la fiesta que mientras esta duraba no se autorizaba a los ejércitos romanos a emprender campaña alguna ni tampoco se consentía a nadie contraer matrimonio ya que se tenía la creencia que cualquier empresa emprendida en dichas fechas no podía acarrear ningún bien.

En un principio, la materia que se utilizó para confeccionar los escudos fue la madera, aunque también se hacían de mimbres entrelazados. Su forma y tamaño variaba bastante. Los egipcios los hacían tan grandes que cubrían todo el cuerpo humano. Los galos, para averiguar si sus hijos eran legítimos tenían la costumbre de depositar al recien nacido sobre un escudo y aventurarlo a la corriente de los ríos. Si el agua se tragaba al frágil esquife, el niño era proclamado bastardo, mientras se entendía como legítimo si las olas respetaban a la criatura

Así queda dicho en la "Ciencia del Blasón", de Costa y Turel. Se añade que el escudo se contaba en el número de presentes que hacía el esposo en las bodas a la desposada para recordarle la prueba terrible por la que tendría que pasar.

En ciertos pueblos de la antiguedad, entre ellos los germanos, ningún notable podía presentarse a Consejo sin llevar su escudo y cuando querían mostrar su aprobación a las palabras de un orador, golpeaban fuertemente su escudo.

A través del tiempo, el escudo dejó de ser una defensa destinada a resguardar al guerrero de los golpes de su enemigo, para transformarse en señal de honor y nobleza, cuyo campo sirviera para el ejercicio del arte heráldico, colocando en él los atributos de las familias según las reglas del Blasón.

Su forma puede ser muy variada de acuerdo a la inventiva de los hombres. Así el escudo español es cuadrilongo, redondeado por lo bajo unas veces, y otras en sus dos ángulos inferiores y terminando en punta en medio de la base. Aunque hoy en Francia se utiliza el mismo escudo que los españoles, en tiempos fue todo cuadrado o en triángulo curvilíneo. El alemán suele ser con escotadura al lado diestro, la que servía en la antiguedad para afianzar y sujetar la lanza. También lo usan en otras formas. Los ingleses suelen aceptar los escudos francés y español aunque modificándolo para ensanchar la parte superior del mismo. Por su parte los italianos utilizan el escudo en forma de círculo y de óvalo. Los eclesiásticos son asimismo ovalados y rebordeados para denotar el orden sacro. Cuando se trata de un doble escudo, es decir, de los casados cuyas armas son distintas a las de la esposa, se utilizan dos escudos, poniendo las armas de la esposa a la siniestra y las del esposo a la diestra. Desde sus orígenes. La Edad Media, porque fue en dicha época cuando comenzaron a utilizarse los blasones en Europa, todo predisponía a la creación del escudo nobiliario: Una sociedad feudal que deseaba diferenciarse de los otros estamentos sociales haciendo valer sus títulos y los honores que, a su juicio, se le debía. Otro hecho influyó sobremanera en la creación de los Blasones. La Caballería, por entonces se encontraba en todo su apogeo, se movilizaban grandes masas de hombres y se hacía preciso un signo que distinguiera no sólo a cada grupo, sino al jefe del mismo, es decir, su Señor.

Que, por regla general, todos los tratadistas se encuentren practicamente de acuerdo en que el Blasón tiene su punto de origen y difusión en las Cruzadas no quiere decir que no se hayan efectuado otro tipo de opiniones. Hay quien llega a afirmar que ya el Blasón se utilizaba en las épocas más remotas de la antiguedad citando como ejemplo no sólo a los distintintivos que ostentaban las doce tribus de Israel, sino a declarar que hasta Adán, padre del género humano, utilizaba ya un signo, una marca, o una determinada señal, esto casi no parece serio, lo que sí es cierto es que se han encontrado símbolos, figuras y dibujos parecidos a los de la Heráldica en algunos monumentos asirios, caldeos y egipcios, lo que ha llevado a decir que la ciencia heráldica nació en Oriente.

Representaciones simbólicas las hubo tanto en Roma, como en Grecia, como han dejado reflejado diversos escritos de los historiadores Heredoto, Virgilio y Tácito. El primero ya habla de la costumbre de pintar ciertos dibujos en los escudos que servían de protección en el combate. En Grecia, Esquilo cuenta que los tebanos podían distinguir perfectamente a los siete jefes del ejército que sitiaba su poderosa ciudad a través de las divisas emblemáticas pintadas en sus escudos. Uno de estos jefes llevaba en su escudo un fondo (campo) azur repleto de estrellas blancas, otro, Capaneo, había hecho pintar un hombre desnudo con una antorcha en la mano y la siguiente divisa "Yo arraseré la ciudad". Los reyes asirios tenían a la paloma como signo, los cartagineses, una cabeza de caballo, los romanos la loba, los godos el oso y los francos el león.

Dejando aparte estos antecedentes, la verdadera difusión de las armerías debe fijarse, lo repetimos, en la Edad Media. Fue entonces cuando, con las guerras y las conquistas de tierras, estas eran dadas a deteminado noble por su soberano a título vitalicio y, por regla general, añadía el nombre de las citadas tierras al suyo propio. Medina es palabra árabe que significa "ciudad". ¿Cuantos caballeros cristianos llevaron dicho nombre como apellido y como tal ha llegado a nuestros días?

Al convertirse los feudos en hereditarios, nacieron las familias. o los linajes y esto coadyuvó a la aparición de las armerías, como su representación jeroglífica. A este respecto, el más antiguo monumento que se conoce en Europa en el que aparecen figuras con armerías, según señala Alejandro de Armengol en su obra "Heráldica", es el de Raúl de Beaumont (1.087, 1.110) y, de acuerdo a lo que también indica el autor antes citado, hay la tumba de Geoffroy Plantagenet, Conde de Abnjou, en el que el fundador de la dinastía de su nombre está representado por un largo escudo que va cargado con ocho leones rampantes.

Basándonos en la obra de Armengol, se añade asimismo que una autoridad tan notoria en esta materia como Fernando de Sagarra, dice que en lo que él respecta no conoce en España sellos anteriores al siglo XII, parece ser que los primeros corresponden a Ramón Berenguer IV de Barcelona, de Alfonso II de Aragón y de Alfonso VII de Castilla, todos del siglo XII. Por todo lo anterior, queda bastante claro que las divisas heráldicas no comenzaron a generalizarse en las casas nobles hasta el siglo XII.

Son varias las interpretaciones que pueden darse a la aparición del Blasón y existen algunos que han querido darle un origen oriental, basándose en el razonamiento de que los caballeros cruzados observaron las distintas divisas en los pueblos con los que lucharon. Ciertamente, la hipótesis no puede ser rechazada en rotundo y posiblemente ocurrió que, como antes ha quedado expuesto, en la época del feudalismo y la caballería, los grandes señores quisieran distinguirse unos de otros al tiempo que hacían reflejar en sus escudos los signos de sus hazañas y los honores otorgados por su rey, y hay que tener en cuenta que conforme la época avanzaba más numerosos eran los ducados, marquesados, condados, baronías, etc. y cada noble se sintió obligado a establecer un símbolo que definiera sus posesiones y representara su autoridad sobre las mismas, y queda otro detalle que tampoco hay que olvidar. Fue la época de las justas y los torneos; los caballeros al llevar sus rostros ocultos por el yelmo eran irreconocibles por lo que en su deseo de hacerse conocer, de que los espectadores supieran sin la menor duda de quien se trataba, recurrieron a ostentar distintos colores en sus cimeras y pintar, bien visibles, sus blasones en sus escudos, así como en las gualdrapas de sus caballos. Hubiera sido absurdo presentarse en un torneo, participando en el mismo, sin que nadie pudiera saber de qué caballero se trataba cuando lo que ellos pretendían, era precisamente todo lo contrario, hacerse notar y cuanto más, mejor.

Para terminar este capítulo, queda por consignar que, de acuerdo a la forma del escudo, así era el nombre que se le daba: Rodelas, eran aquellos redondos; paveses, los ovalados y de gran tamaño; a los rombos se les llamaba tarjas y a los triangulares, broquetes. Los cuadrilongos, convexos, eran llamados adargas.

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